Crecer era aquello

Estasí

Soy
la muchacha mala de la historia

María Emilia Cornejo

Me dijeron que no
que no podía crecer así
siendo la muchacha mala de la historia
la que de ventana escogió mar
            no juguete
tierra
           y no pantalla

Me dijeron que crecer era «aquello»
no «esto»
que no
que no podía escoger querer vivir
con madre y tormenta

Tenía que escoger el paraíso
siempre así
                      superficial
desde la seguridad de los balcones

Me dicen que no
que no tenía por qué ver cómo hacían de madre
muñeca de trapo

Tenía que crecer lejos
desde la seguridad de la memoria
siempre así
siempre desde lo correcto
mirando hacia el piso así
siempre buena
triste.

Chicago, 2017

Escrito en el taller de poesía de Carmen Ollé
a partir del poema «Soy la muchacha mala de la historia»
de María Emilia Cornejo. 

[Feliz cumpleaños, C.]

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Sal en la hierba

A la noche que entra no pertenece, Lidia,
el mismo ardor que el día nos pedía.
Fernando Pessoa

Si los domingos eran blancos y eternos como un sueño de Dios,
si no había lunes
y las sábanas revueltas eran las únicas nubes domésticas,
si los astros, la cábala, el tarot,
las líneas de tu mano y de mi mano marcaban
un destino feliz, ¿qué iba a pensarse
en este reguero de polvo, en este desastre minúsculo
que viene a desquiciar el universo?
Que iba a llegar el tiempo de la sal en la hierba,
de los frutos cayendo con el sonido hueco de aquello que se pudre,
los días erizados de vidrio que sorteamos descalzos, de puntillas,
que iba a llegar el tiempo despojado, desierto,
¿quién iba, pues, a saberlo?
Mas es pueril ahora que se hable de estas cosas
pues apenas nos quedan, como en los despertares,
unas pocas imágenes que a nadie dicen nada,
si ya se desprendieron las puertas de sus goznes
y el musgo empieza a apoderarse de las piedras,
y en esta fotografía lucimos tan ajenos, tan distantes,
como dos bisabuelos cuyo nombre ignoráramos.

—Piedad Bonnett

~

Feliz cumpleaños, C.

Cosas que no quiero

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Valerie Hammond
  1. Escribir poemas para complacer a los demás.
  2. Rencor
  3. Hablar por hablar.
  4. Decir por decir.
  5. Poesía por encargo.
  6. Emociones por encargo. 
  7. Odio por encargo.
  8. Sentirme enferma todo el tiempo.
  9. Que mis venas dependan de las hojas de espinaca.
  10. Sentir sueño todo el tiempo.
  11. Ansiedad.
  12. Esperar e-mails.
  13. Esperar.
  14. Volverme tan presente que me aborrezcan.
  15. Volverme tan ausente que me olviden.
  16. No tener un país.
  17. No volver.
  18. Volver.
  19. Escribir listas.
  20. Interminables listas.
  21. Volver a Pizarnik para sentirme bien —porque ella fue más miserable—
  22. Decir siempre la verdad.
  23. Mentir para que me quieran.
  24. No querer escribir más.
  25. Sentir miedo.
  26. Que nada me guste.
  27. Leer novelas y aburrirme.
  28. No poder estudiar literatura.
  29. No poder estudiar más.
  30. Dolor de caderas a mis 26.
  31. ¿Qué sigue? ¿Infarto a los 30?
  32. Guardar capturas de pantalla.
  33. Desconfiar de los otros.
  34. Desconfiar.
  35. Desconfiar.

«como a los que se portan mal»

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Carta cobarde

Por dónde pasa la valentía, cuál es su curso.
¿Cómo es el carácter del cuidado, cuáles son sus gestos?
¿Es como la música o como quién la toca?
¿Es valiente aquel que elige callar, el que lo dice todo?
Me pregunté por qué dejaste de escribirme.
Imaginé que desde tu silencio me pedías silencio.
Como a los niños, como a los perros,
como a los que se portan mal.

—Natalia Litvinova
Siguiente vitalidad (La Bella Varsovia, 2016)

***

Hoy salieron los libros hacia ti. O bueno, no hacia ti directamente, pero casi. Tres palabras y una firma. Una calcomanía. Decidí que los poemas hablaran, que toda mi poesía se gestó desde el silencio y así debemos continuar. Nada de holamiracómoestás, ni mucho menos porquétefuistedime. No quise preguntar, no quise hurgar en lo aparente como quien voltea en las fotos todo el tiempo. Nada de cartas largas ni dibujos ni perfume. Nada de mirayoestoybien. Nada de estoylejosyestoybien. Sólo los poemas y el silencio, como ha sido, como debió ser siempre.

Probablemente

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Flora Borsi

 Mientras lees este poema
 alguien
está siendo asesinado
 alguien
probablemente mujer
 está siendo grabada sin su consentimiento
 alguien
probablemente tú
 está siendo acosado
 alguien recibe un insulto
         una crítica
           una ofensa
 y nadie está haciendo nada
 probablemente alguien esté gritando

pidiendo ayuda

 pero tú estás leyendo este poema
cuando he terminado de escribirlo

 probablemente tanto tú como yo
 seamos vulnerables al ataque

 en          este          preciso          momento

 un hombre dice que las mujeres no saben escribir
 un hombre dice que las mujeres no saben cocinar
 un hombre insulta
        soborna
           retuerce
 un hombre silencia
una mujer aguanta

 cada 40 segundos alguien se suicida
 y aquí ya vamos por el segundo 40
 es probable que al terminar este poema
 ya hayan muerto dos personas
 (a manos de sí mismas)
 pero no vamos a ponernos románticos
 no vamos a hablar del suicidio
 porque hay gente que lo estudia
 que se llena las manos de sangre por nosotros
 no vamos no
 a criticar a los muertos
 a pensar que podíamos salvarlos
 mientras la depresión la padecen todos
 todos tenemos derecho a morirnos
 y si por algunos hombres fuera
 nosotras no tendríamos derecho a escribir
 dirían que este poema ya lleva 120 segundos
 y que tres personas han muerto
 por nuestra culpa.

Sobre Yani Conte, MySpace y el 5 de septiembre

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Portada de su disco

Conocí a Yani Conte a través de MySpace. Lo recuerdo porque su foto de perfil era una donde aparecía con cabello largo, lentes de sol y una guitarra, hoy pixelada. Lo recuerdo porque tenía 16 años y la memoria de una adolescente que siempre buscaba nueva música. Él siempre colocaba buenas canciones en su playlist —característica que más extraño de esta red social— y que yo siempre terminaba por googlear para descargar. Compartimos interacciones tímidas y uno que otro emoticón en alguna foto. MySpace era ese lugar de Yani Conte. También fue el lugar donde interactué con mi segundo amor adolescente y el lugar donde conocí a mi segundo novio. MySpace de la primera red social de Camilo. MySpace de los bulletins amenazantes enviados luego de largas peleas por MSN. MySpace de la red social donde no estaban los padres. MySpace y la vida secreta de todos encerrada en la pantalla.

MySpace también fue el lugar por donde me enteré que habían asesinado a Yani. Fue tarde, en diciembre de 2009, que decidí ver qué había pasado con él. Recordé su foto. Recordé sus canciones y su buena música. Muerto. Asesinado a puñaladas por gente que era como él, pero que no buscaba lo mismo. Y me dolió, me dolió como ninguna otra muerte de alguien que no conocía en persona me había dolido nunca. Recuerdo googlear su nombre —ya no eran canciones—, leer la noticia, imprimir los artículos y almacenar los links. Yani Conte ahora era un alma pidiendo justicia. Ya no había interacciones tímidas y emoticones en fotos. Ahora era yo googleando y tratando de entender. La única conectada. La de la hora continua y el poema a cuestas. La de otra red social que ahora recordaba MySpace con el contacto muerto. La de la nostalgia y la incertidumbre en la espalda. La que hoy escucha la música póstuma, lee la historia y escribe el poema. La que no fue asesinada, pero casi. 

Pienso en tu cuerpo y en la grieta

Quita tu cuerpo del espejo
y
oblígalo a ser nube

—Rafael Cadenas

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Pienso en tu cuerpo y en la grieta. En la mujer que te dejó para irse a Buenos Aires (bastaron 5 años para que se cumpliera mi predicción de fuga), y en la otra cuya voz sigue en un país que no he pisado. Te dije «búscame» desde la tierra. Y no te encuentro. Te hablé de arrepentimiento y cuerpos desollados (no me atrevería). Ahora estás encerrado y eres más oscuro. Creíste tener al mundo atrapado en tus manos. Creíste que desterrar era evitar el escape. Tu mundo se fue con otro, como mis ojos que ya no te buscan en la superficie de las casas.

«Disculpe, estamos trabajando en su muerte» | Versión ampliada de un estado de Facebook

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Kate Powell

Hace poco leí un artículo que decía que Facebook tendrá más perfiles de personas muertas que vivas en el año 2098. De acuerdo a un estadista, la plataforma será un verdadero cementerio digital. Es posible que el mío y el de todas las personas que conozco sea una de esas tumbas.

Siempre he pensado en el asunto del patrimonio digital y en el limbo en el cuál se encuentra nuestra información una vez que ya no estamos. Nuestros blogs, nuestros perfiles en redes sociales y nuestros correos quedan estancados luego de morir a menos que no hayamos compartido con alguien de confianza nuestras contraseñas y hayamos manifestado, por así decirlo, «nuestra voluntad». Pero… ¿nuestra voluntad? Para algunos, las redes sociales no son más que un espacio sin importancia donde algo como «la voluntad post-mortem» no debería ni ser digno de comentarse. Sin embargo, para algunas personas este espacio virtual representa mucho más que algo superficial o algo que se tiene «porque sí».

Como muchas personas, tengo amigos muertos. Varios amigos que han muerto en los últimos 4 años y que tenían perfiles en Facebook. Siguen allí. No los borramos porque su presencia en la red es una forma de recordarlos, están allí por si queremos leerlos, escribirles y ver de nuevo lo último que dijeron sin saber que iban a partir. Una vez estuve apunto de eliminar el contacto de uno de ellos, pero me detuve. Pensé que era demasiado mezquino eliminar a alguien sólo porque había fallecido. Te elimino porque te moriste. Sonaba horrible. ¿No? No representaba molestia dejarlo allí, más bien era una forma de recordar su paso por mi vida, a algunos clicks de distancia, como si la muerte lo hubiese alojado en su propio dominio virtual.

Sin embargo, vi que alguien difundió el perfil de una de las chicas argentinas asesinadas en Ecuador y algo llamó mi atención. Arriba de su nombre podía leerse en letras pequeñas: En memoria de… seguido de su nombre en letras un poco más grandes. Era la primera vez que leía que el perfil de un difunto especificaba que lo estaba. ¿Un perfil In memoriam? ¿Cómo es posible? ¿Será una página nueva que hicieron en su recuerdo? No. Luego de buscar encontré que era su perfil regular, el perfil que ella usaba para compartir y conectarse con sus amigos. Luego de comprobar que era realmente su perfil, traté de buscar información al respecto y encontré un link que explicaba que puedes tener una cuenta In memoriam una vez que dejas este mundo.

Es decir, ya existe la posibilidad de perdurar en la red luego de estar muertos. Tu perfil regular pasa a ser un perfil conmemorativo. Una tumba digital. Algo que le avisa a los demás que ya no estás pero que todavía pueden leerte en tu perfil de Facebook. Por mi parte, admito que soy de esas personas que se pregunta qué es lo que puede suceder con mis redes sociales luego de morir. ¿Todos seguirán viendo mi información? ¿Y me escribirán? ¿y me verán como yo sigo viendo a mis amigos muertos? ¿Y qué pasará con la gente que no sabe que estoy muerta? ¿Me seguirán felicitando por mi cumpleaños? Claramente, Facebook lo ha facilitado. De hecho, la posibilidad de escoger a un «contacto legado» facilitó mi decisión al respecto. Quizá en un par de años nos permita escoger nuestro propio epitafio o implementen una aplicación que permita dejar coronas de flores en el muro. Y no, esto no lo digo porque me satisface.

Me da miedo la inmediatez y lo rápido que podemos obtener información precisa sobre alguien. No quiero pensar que me enteraré de la muerte de alguna persona que quise o que quiero gracias a una notificación de Facebook o porque un día, repentinamente, su perfil se convirtió en “conmemorativo”. ¿O sí? ¿Qué tan empapados estaremos de la tecnología para sentir que debemos aceptar que esto es normal? Esto lo escribe una persona que tiene redes sociales desde los 13 años, alguien que ama estar en Internet porque le ha abierto posibilidades de trabajo, amistad y expansión. Sin embargo, a pesar de mi profundo gusto por lo digital, hay algo que siento que no está bien. Pronto el duelo se limitará a un estatus publicado en nuestro muro, y nada más, no habrá espacio para quebrarse por dentro, para dolerse, porque tendremos que pasar la página rápido, seguir compartiendo información de forma regular, seguir existiendo sin pensar en el dolor, y eso asusta. Asusta más que no saber absolutamente nada, pero supongo que la tecnología avanza para que sea posible que nos sepamos completos y sin reparos. Sin posibilidad de quiebre.

La primera plaza es el resumen del mundo que ocurre en cada uno de nosotros | Juan Carlos Méndez Guédez

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Imagen obtenida aquí

Rafael Cadenas en cambio nunca incorporó referencias a la ciudad en su escritura.

Pero algo de esta plaza habrá viajado en ellos. Porque la primera plaza es el resumen del mundo que ocurre en cada uno de nosotros. Las plazas son ese centro desde el que algún día decidimos expandirnos en las cuatro direcciones del mundo; son el territorio conocido que alberga algún punto oscuro, remoto; son el atisbo de las parejas furtivas, de los juegos compartidos, de una moneda descubierta entre el césped, de un puñetazo que das o recibes en medio del rostro, de una mujer a la que aprietas contra un árbol y muerdes y besas, de una tristeza cansada con señores ocultos por periódicos, de una siesta resacosa, llena de frío y sudor.

Y recuerda que te espero de Juan Carlos Méndez Guédez (Editorial Madera Fina, 2015)

~

Recuerdo mi primera plaza. Teníamos 15 años y veíamos el mundo a través de la música. Luciano, Danny, Vinicio, Héctor, Felipe, Kevin y María José. Mi grupo. Mis estrellas imaginarias que aportaban luz para olvidar tanto encierro. Viviendo en el mar nunca tienes que encerrarte, pensábamos. Éramos felices, cada uno a su manera, recorriendo el mundo desde la plaza que vio pasar nuestra juventud. La primera caída, el primer trago de alcohol, los primeros amores, los engaños ocultos, aprender a fumar, comprar revistas de música, cenar sólo pan y alguna vez robarse algo del supermercado para untarlo, optar por llevarse la salsa de tomate gratis del McDonald’s, aprender a patinar, tomar un trago de anís adulterado, marearse, salir corriendo a pedir ayuda y que nadie se entere, formar bandas de rock, vestirse de negro, mostrar heridas de guerra cada fin de semana, aprender a tomar el autobús y llegar directo a la plaza, así, con los amigos, con las batallas, para ver a los amores de siempre, a los amores de la plaza que sigue allí, estática, como si el tiempo no cambiara su fisonomía, para recordarnos que todo avanza menos ella, para voltear los ojos cada vez que nos encontramos, para no saber de nosotros, para no vernos. Más nunca.